investigaciones especiales

Las riquezas naturales de Zongolica

Puedes practicar senderismo al interior de la selva, al lado del río.

Zongolica busca revertir su imagen y apostar por ecoturismo

Fueron más de 9 kilómetros de caminata intensa, entre senderos de montaña y selva.

ZONGOLICA, Ver.

La balsa se mueve lentamente por las mansas aguas del nacimiento del río Tonto.

En lo más recóndito de la selva de Zongolica, rodeada por una tupida vegetación impenetrable, la embarcación se dirige a una enorme grieta; la puerta de una gruta que impone por su tamaño, oscuridad y silencio.

La abertura de rocas que se levanta a una altura de 50 metros sobre el espejo de agua se traga a la embarcación inflable que se adentra más de 450 metros en las entrañas de la tierra de Zongolica, una de las regiones náhuatl más importantes de la zona montañosa central del estado de Veracruz.

En esta zona, las autoridades municipales han impulsado desde hace seis meses un proyecto turístico para revertir la imagen de marginación y contribuir a la economía de las comunidades con la derrama económica de los visitantes.

Para ello, desde agosto pasado se crearon las rutas por la selva y un moderno spa, pero sin perder las raíces indígenas ni causar impacto negativo en la naturaleza.

El joven indígena Adán Montalvo, de estirpe náhuatl, rema una y otra vez sobre el río que tiene una profundidad de 16 metros para penetrar en un mundo de penumbras y misticismo: rocas bañadas por aguas subterráneas con forma de animales y de imágenes religiosas talladas durante milenios.

“Nuestros ancestros al ver estos lugares les tenían respeto… les tenían miedo por no saber qué hay adentro, y había mitos y leyendas”, recuerda el muchacho originario de la comunidad de Huixtla (lugar de espinas), hoy convertido en un prestador de servicios turísticos.

En el corazón de Zongolica —uno de los municipios más grandes de Veracruz, con una extensión de 300 kilómetros cuadrados, pero con una dispersión poblacional en 158 comunidades—, la gruta le fue arrebatada a la madre naturaleza para cambiar la percepción e imagen de pobreza y abandono.

“Es grande la naturaleza, la madre naturaleza nos ha brindado una gran oportunidad.

Es una pieza arquitectónica que ni el hombre la puede construir”, explica Adán, quien se ha sumado al ambicioso proyecto turístico en las montañas, a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar.


Romper estereotipos

Con sus bellezas naturales —como las cavernas que se adentran al centro de la tierra, inmensas cascadas y rutas de senderismo— el gobierno municipal de Zongolica y el pueblo decidieron emprender una cruzada para cambiar la imagen de su terruño.

“No somos ni un pueblo pobre, ni marginado”, afirma el alcalde Juan Carlos Mezhua (PAN-PRD), quien desde la administración municipal impulsó a partir de agosto pasado las rutas turísticas y el spa indígena —con temazcal y masajes— con una filosofía ancestral, pero con instalaciones de primer mundo.

“Ya basta que solamente nos utilicen para venirse a sacar la foto con un collar de flores, porque finalmente para eso se utilizan las regiones indígenas de México”, dice el presidente municipal, quien presume con orgullo que sus padres campesinos llevan sangre náhuatl.

Diferentes gobiernos —agrega— de todas las ideologías han sumido a las zonas indígenas en un estereotipo folclórico, pero sentencia:

“Nosotros vamos a demostrar que somos una región con potencial de crecimiento.
“De la mano del gobierno estatal y federal se ha estado meneando la región en el sentido equivocado, porque con los programas asistenciales la gente ha dejado la cultura del trabajo, el esfuerzo y la creatividad, pero ahora queremos y tenemos una perspectiva diferente”, ataja Mezhua.

El edil asegura que el municipio tocó puertas de funcionarios estatales y federales, pero nunca se abrieron. Sin embargo, con orden en la administración pudieron lograr ahorros suficientes para la construcción del spa y se crearon las rutas turísticas.


En el corazón de la selva

Desde Orizaba, Veracruz —en los límites con Puebla—, un camino de asfalto serpentea por montañas y voladeros durante una hora para adentrarse a la “nación náhuatl de Zongolica”, cuya descripción en todos los libros de texto y páginas web remite a pobreza y marginación.

Aunque los 7 mil habitantes de la cabecera municipal (60 mil en todo el municipio) reflejan otra cara.

Zongolica es un pueblo ordenado, con calles pavimentadas, semáforos, comercio vivo, un mercado dominical con los cultivos regionales y ancestrales y, sobre todo, gente en constante movimiento que dejó atrás los prejuicios de su casta.

Una de las tres rutas que se ofrecen como atractivo turístico es la Chicomapa —que recorre 42 kilómetros dentro de la selva de Zongolica—, la cual incluye la gruta, a donde el joven guía indígena Adán Montalvo no sólo ha llegado hasta topar pared, sino que, detalla, ha escalado una tapia de 150 metros para llegar a una laguna subterránea, el río Chicomapa —con una tonalidad azul turquesa— y el Boquerón —un puente de 200 metros de altura—.

Además de la ruta de la Chicomapa, dos más fueron creadas: la de Popocatl (agua que humea), que incluye una caída de agua subterránea de más de 70 metros, la cueva de Totomochapa y la gruta de los Tzimpiles, donde se celebra el ritual prehispánico Xochitlallis (una ofrenda a la madre tierra).

También está la ruta Atlahuitzia, con la visita a una cascada de más de 120 metros de altura, en medio de senderos escarpados que sólo los más aventureros se atreven a recorrer de la mano de los guías nativos que conocen la selva como la palma de su mano.

La joya de la corona es el spa llamado en lengua indígena Yehwatzi Itlakayo (a cuerpo de rey). Es un espacio creado por el municipio, donde se ofrece el tradicional temazcal, tratamientos faciales y masajes en instalaciones de primer mundo, además de un paseo por el mirador y una cata de café.

Se trata de una cruzada donde participan varios pobladores, desde un joven con su balsa para transportar a visitantes, hasta cocineras y campesinos que ofrecen su experiencia en el temazcal.

“No teníamos idea de que algún día esto fuera a llegar aquí”, dice Itzel Sánchez Lara, una mujer indígena de 24 años con estudios en técnica terapeuta, cuyas manos hacen magia al dar masajes.

“Los abuelos tienen la costumbre de dar temazcal. Cuando una mujer termina de dar a luz se lo dan para que puedan sacar lo frío del cuerpo y puedan seguir con su vida diaria… también para relajarse”, cuenta la joven.

“Nunca me imaginé esto, es todo nuevo”, reconoce Adrián Calihua, quien aviva la lumbre que calienta las rocas volcánicas para ser usadas en el ancestral temazcal que la comunidad lucha por preservar.

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