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Los vuelos en jets privados son una gran fuente de contaminación. Y Francia quiere limitarlos

Por Carlos Prego, (Agencias).-

El ministro francés de Transportes, Clément Beaune, se ha puesto deberes ya para la vuelta de las vacaciones de verano: desgajar uno de los melones más polémicos de la movilidad. En declaraciones recogidas por Le Parisien, el dirigente galo ha abogado por la regulación de los vuelos en jets privados. Tan decidido parece que su equipo ya se ha puesto manos a la obra y quiere poner el tema sobre la mesa en cuanto se reactive el curso y el Gobierno aborde su «plan de sobriedad».

No solo eso.

Como limitado alcance puede tener una medida de este tipo si se restringe al ámbito de un solo país, Beaune ha avanzado su intención de poner el mismo melón sobre la mesa de Bruselas.

¿Qué quiere Francia? Pues acabar con lo que el propio ministro galo tacha de “esfuerzo a dos velocidades”, que se esté exigiendo a vecinos y negocios de Europa que se aprieten el cinturón energético mientras una minoría adinerada toma jets para rutas que bien pueden cubrirse con otras alternativas quizás menos cómodas, pero desde luego sí menos onerosas y contaminantes.

“Creo que hay que actuar y regular los vuelos en jets privados”, incide Beaune. Con ese propósito el Ejecutivo trabaja desde julio en un plan que le facilite abordar el tema. Que quiera trasladar el debate al ruedo comunitario, tratándose de movilidad, energía y polución, tampoco sorprenderá a nadie: “lo más eficaz es actuar a nivel europeo para tener las mismas reglas y más impacto”.

¿Y cuál es su receta? Para conocer la receta gala en detalle habrá que esperar, pero Beaune ha dejado ver ya alguno de los posibles ingredientes. Entre los probables, detalla El País, figurarían obligar a las empresas a detallar sus servicios en jet, vetarlos si hubiese alternativas con un impacto menor en el medio ambiente —con rutas comerciales o ferrocarril— o incluso integrar la aviación privada en el sistema de cuotas e impuestos sobre emisiones de CO2 que plantea la UE.

El contexto, fundamental. Para entender el movimiento de ficha de Francia es indispensable tener claro el contexto. Las declaraciones de Beaune llegan con el debate caldeado. En plena carrera por la descarbonización y un modelo de movilidad sostenible, a lo largo de los últimos meses se han planteado diferentes medidas que podrían limar el impacto contaminante de la aviación. Ahora a ese escenario se superpone un nuevo telón de fondo: la crisis energética que encara Europa.

Sobre la mesa se han puesto incentivos para el fomento de combustibles más sostenibles (SAF), nuevas tasas o incluso vetar los vuelos cortos. Francia sabe de lo que habla. En 2021 aprobó una ley para restringir, salvo alguna excepción, las operaciones domésticas en rutas comerciales que puedan cubrirse en menos de dos horas y media en ferrocarril. En España el sector ya ha advertido del impacto que tendría para el sistema aeroportuario un movimiento similar.

La idea de meter mano en la aviación privada y regular sus operaciones lleva ya algún tiempo en el foco de debate público. Y desde luego tampoco es una ocurrencia aislada del Elíseo.

Hace casi tres años, en campaña electoral, los laboristas de Reino Unido exploraban la forma de vetar los jets privados con combustibles fósiles en los aeropuertos del país a partir de 2025. Debate similar se ha abierto por ejemplo en Suiza y ha animado Greenpeace. En la propia Francia lo incentivan otras voces del ruedo público, a parte de la del Ministro de Transportes.

¿Pero cuánto contaminan los jets privados? Los datos sobre polución varían de un estudio a otro, pero suelen tener un denominador común: no dejan bien parada a la aviación privada. Veamos. Los cálculos de Transport and Environment (T&E), que atienden a emisiones por pasajero y kilómetros recorridos, señalan que los jet privados emiten diez veces más que los aviones comerciales: 1.300 gC02/pax por km frente a 128. Si se compara con los trenes, la comparativa es más pronunciada.

Su informe —desgrana El Confindencial— señala que, según el modelo, algunos jets privados pueden emitir alrededor de dos toneladas de CO2 en una sola hora de vuelo. No está nada mal si se tiene en cuenta que la huella de carbono anual media de un habitante de la UE es de 8,3 toneladas.

El cuadro general se completa con el propio incremento de tráfico: entre 2005 y 2019 las emisiones de dióxido de carbono de los aviones privados en Europa aumentaron casi un tercio, más que el alza registrado en las flotas comerciales. A lo largo de los últimos la pandemia ha podido distorsionar los datos, pero el COVID-19 no parece haber disuadido del uso de jets. Al contrario.

Más datos para el debate. Las cifras de T&E no son las únicas que muestran el impacto de los jets. Se calcula que la aviación comercial está detrás del 2% de las emisiones globales de CO2. ¿Qué peso tendría la aviación privada en ese porcentaje? Pues bajo, de apenas el 4%, según un estudio publicado en 2020 en Global Environmental Change. El problema sería el dato per cápita, el volumen de emisiones por pasajero y sobre todo el que generan los viajeros más frecuentes.

“Hay una minoría que vuela con una frecuencia tan elevada que prácticamente acapara casi todas las emisiones de la aviación”, apuntan desde Greenpeace a Nius. “El impacto climático de la aviación es desproporcionado y crece rápidamente. Pero es causado por un grupo muy pequeño de personas. Solo el 1% causa el 50% de las emisiones de la aviación mundial”, recalca T&E.

Frente a unos 80.000 y 110.000 vuelos comerciales a diario, los protagonizados por jets privados oscilarían entre 10.000 y 11.500. Eso sí, con mucho menos pasaje a bordo y a menudo en trayectos de 500 kilómetros, precisamente los que tienen en el punto de mira quienes abogan por replantearse las conexiones que puedan sustituirse por alternativas menos contaminantes.

El componente moral. Más allá de las cifras, el debate que suscita la aviación privada tiene un claro componente moral. El propio Beaune lo desliza en sus declaraciones a Le Parisien: “creo que hay que actuar y regular los vuelos en jets privados. Se están convirtiendo en el símbolo de un esfuerzo a dos velocidades”. ¿Es equitativo, al fin y al cabo, que se supriman rutas de dos horas o se exija el fin de los coches de combustión mientras hay celebridades que toman sus jets para vuelos cortos?

A lo largo de los últimos años el debate se ha visto caldeado también por ejemplos concretos. Quizás uno de los más polémicos y sangrantes sea el dejado por algunas de las autoridades que acudieron y se marcharon de la COP26 en jets privados: tomaron sus aviones para volar hasta Glasgow, allí incidieron en la importancia de un cambio de mentalidad y, acto seguido, volvieron a subirse a sus jets para realizar trayectos que, en el caso de Von der Leyen, no habría pasado de 50 km.

¿Un reto… o una oportunidad? Las autoridades de la COP26 no son las únicas señaladas por su uso de la aviación. Taylor Swift, Jay-Z, Steven Spielberg, Oprah Winfrey y otras celebridades asiduas a los jets e incluidas en una lista publicada por Yard se han visto igualmente en una situación similar hace no mucho. Hay quien apuntan no obstante las oportunidades que pueden ocultarse tras estos usos reiterados de la aviación privada precisamente para usarla como palanca de cambio.

El informe elaborado por los expertos de T&E señala cómo este tipo de usuarios reúnen dos condiciones interesantes: un elevado patrimonio y el uso de vuelos cortos, un laboratorio ideal para incentivar y explorar nuevos modos de aviación alternativa, como la eléctrica.

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